La obra de la semana es Comida de san Francisco y santa Clara en el convento de San Damián (hacia 1729 – 1733), del pintor catalán Antoni Viladomat i Manalt (1678 – 1755).
Obra de la semana #366
La obra de la semana es Comida de san Francisco y santa Clara en el convento de San Damián (hacia 1729 – 1733), del pintor catalán Antoni Viladomat i Manalt (1678 – 1755).
De las obras conservadas de Antoni Viladomat destacan especialmente dos conjuntos: la decoración de la Capilla de Dolors de Santa Maria de Mataró y el ciclo sobre la vida de san Francisco de Asís que decoró el claustro del desaparecido convento de los framenores de Barcelona. Este segundo proyecto, realizado entre 1729 y 1733, es el que daría más fama y reconocimiento a Viladomat. El encargo, muy ambicioso, estaba formado por una serie de veinte grandes telas sobre los principales episodios de la vida del fundador de la orden, desde su nacimiento hasta la muerte, extraídos de las diferentes fuentes hagiográficas que narraban su trayectoria. La pintura que presentamos esta semana, Comida de san Francisco y santa Clara en el convento de San Damián, es una de las escenas que forma parte de esta serie, que afortunadamente hemos conservado en su totalidad.
La escena representada en esta pintura aparece descrita en el capítulo XV de las Florecitas de san Francisco, una obra anónima que recopila los 53 principales episodios de la vida del santo de Asís que habrían sido recogidos por sus primeros compañeros después de su muerte. Según esta obra, san Francisco se reunía a menudo con santa Clara, una joven de Asís de familia acomodada que, siguiendo su ejemplo, había consagrado su vida a Dios y había fundado una comunidad de monjas pobres que se habían instalado en San Damián, la primera ermita restaurada por Francisco y donde él habría tenido su primera revelación divina. De hecho, había sido el mismo santo el que había impuesto los hábitos a Clara, cuando esta lo fue a buscar y le dijo que quería ser penitente como él.
En los encuentros frecuentes con san Francisco para que este le diera consejos y enseñanzas espirituales, santa Clara le pedía a menudo que comieran un día ambos juntos. Francisco siempre se negaba, pero después de que sus compañeros le hicieran ver que era demasiado rígido ante esta petición tan sencilla, finalmente accedió. A pesar de que el título de la pintura que presentamos nos dice que el encuentro fue en San Damián, según las Florecitas, la comida, donde se reunieron varios miembros de las dos comunidades, se hizo en el convento de Santa María de los Ángeles de la Porciúncula, sede de la primera congregación de framenores y donde san Francisco había impuesto los hábitos a santa Clara.
Las Florecitas explican que, al inicio de la comida, Francisco empezó a hablar de Dios con una voz «tan alta, suave y maravillosa» que la Gracia Divina bajó sobre ellos y los rodeó, alimentándolos espiritualmente. La luz que desprendía esta bendición de Dios era tan fuerte que los habitantes de Asís se pensaron que se había prendido fuego en el convento, y se acercaron alarmados para apagar el incendio. Al ver que en el exterior no había llamas, entraron en el edificio y encontraron a san Francisco, santa Clara y sus compañeros sentados alrededor de la mesa en pleno rapto espiritual. Entonces entendieron que el fuego no era real sino divino, y volvieron tranquilos y serenados hacia el pueblo.
Comida de san Francisco y santa Clara en el convento de San Damián nos muestra el momento culminante del prodigio que se nos explica en este episodio de la vida del santo de Asís. La composición ideada por Antoni Viladomat, sencilla pero efectiva, divide la representación en dos planes. A la izquierda, en un primer plano, tres monjes franciscanos y tres monjas clarisas están sentados alrededor de una mesa redonda muy bien preparada y a punto para la comida. En el centro del grupo, presidiendo la escena, vemos a santa Clara y a san Francisco, con las aureolas divinas que los identifican. El santo de Asís mira hacia el cielo en éxtasis, con la mano derecha levantada haciendo un gesto que nos indica que estaba declamando. A su lado, Clara muestra una actitud totalmente diferente: la santa tiene los ojos cerrados y los dos brazos cruzados sobre el pecho, en una postura de oración y recogimiento. A ambos lados de los dos santos, sus compañeros los observan maravillados en absoluta quietud, como si se hubieran quedado congelados en pleno éxtasis.
Esta escena, en primer plano, llena de serenidad y recogimiento, inmersa en una penumbra solo rota por una luz cenital que ilumina la mesa puesta y el rostro de los comensales, contrasta con el gran movimiento y ajetreo que se entrevé a la derecha de la composición, donde una puerta abierta nos deja ver el exterior del convento. En este segundo plano exterior, más estrecho, vemos a los vecinos exaltados de Asís, que observan alarmados y con los brazos levantados las llamas que parecen salir del tejado del edificio. Dos aldeanos, vestidos con ropas coloridas que contrastan con los tonos grisáceos de los hábitos de frailes y monjas, llevan cubos metálicos para intentar apagar el fuego con agua, mientras que un tercero blande un pico por si hay que reventar alguna puerta. El cielo está pálidamente iluminado, como si la comida y la escena que vemos tuviera lugar al atardecer o por la noche.
A pesar de su simplicidad compositiva, la Comida de san Francisco y santa Clara en el convento de San Damián está lleno de detalles de una gran calidad pictórica que convierten este cuadro en una de las obras más notables de Antoni Viladomat. La expresividad contenida y serena de los rostros de santos y monjes, unida a la acertada iluminación cenital del primer plan que evoca la luz divina, consiguen transmitir a la escena principal el sentimiento de religiosidad y misticismo que requería y se esperaba de una obra de estas características. Una quietud beatífica que queda acentuada por el contraste con el movimiento y el dinamismo de los personajes a segundo plan.
Otro de los detalles de la obra que ponen de manifiesto la gran calidad de Viladomat es la delicadeza y el realismo con que resuelve algunos de los detalles anecdóticos del cuadro, como los alimentos y objetos de la mesa parada o la actitud del perro que espera atento a los pies de uno de los frailes a ver si le cae algún resto de la comida. En este sentido, hay que destacar el trabajo extraordinario del pintor en la representación de los reflejos lumínicos sobre los vasos transparentes que vemos dispuestos en una bandeja en el extremo inferior izquierdo de la composición. El cuidado y delicadeza en el tratamiento de los objetos pone en evidencia el buen trabajo del artista en el género de los bodegones, como se puede observar en algunos de los bodegones que hemos conservado de Viladomat.
La serie de pinturas sobre la vida de San Francisco quedaron instalados en el claustro del convento de los framenores de Barcelona en 1733, y enseguida dieron fama y reconocimiento al artista. Este ciclo decoró el espacio para el cual había sido concebido durante menos de cien años, puesto que el 1812, en el marco de la Guerra del Francés y la invasión napoleónica, fue confiscado por el pintor Josep Bernat Flaugier. Al acabar el conflicto, en el 1815, la serie fue devuelta a los monjes, pero en el 1822 fue reclamada por la Escuela de Bellas artes y en el 1835 estuvo depositada para evitar que tomara mal durante los ataques a los conventos de aquel año. Todo el ciclo completo fue depositado en el 1906 al que es el actual Museu Nacional d’Art de Catalunya.
Cuatro de las pinturas del ciclo sobre la vida de San Francisco se pueden ver actualmente en el nuevo Museu del Barroc de Catalunya, en Manresa, donde constituye uno de sus principales atractivos. La obra que presentamos, Comida de san Francisco y santa Clara en el convento de San Damián, es una de ellas. Hacía muchos años que no estaba expuesta al público y poca gente lo había podido disfrutar hasta ahora. Los Amics podrán reencontrar esta y otras obras de la colección del Museu Nacional en el paseo El Barroc en Manresa que haran este mes de mayo, donde visitaran el nuevo Museu del Barroc, la basílica de Santa María y la Cueva de San Ignacio, tres de los principales atractivos de la capital del Bages. Todavía quedan plazas para algunas de las salidas programadas. ¡Apuntaros!
Más información de la obra aquí.
Martí Casas i Payàs (@tinet2puntzero)