Según la tradición cristiana, san Sebastián fue un soldado de la guardia imperial de Diocleciano que se convirtió al cristianismo y fue martirizado durante la Gran Persecución contra los cristianos que se impulsó a principios del siglo IV. El episodio más conocido de su leyenda es cuando el emperador ordenó su ejecución a manos de los arqueros imperiales. El santo fue ligado a una tabla y le dispararon flechas por todas partes hasta que lo dieron por muerto. Cuando una viuda, Irene, fue a recoger su cadáver para enterrarlo, descubrió que sorprendentemente había sobrevivido al martirio. Una vez recuperado, fue a encontrar de nuevo al emperador Dioclecià, que ordenó de nuevo su ejecución, esta vez a palos. Este santo, que inicialmente era venerado sobre todo en la ciudad de Roma, donde está enterrado, ganó una gran popularidad a partir de la Edad Mediana, puesto que era considerado un santo protector contra la peste y las epidemias.
En la obra de la semana, Jaume Ferrer ha representado a san Sebastián como un joven caballero vestido con elegancia y suntuosidad, que lleva en las manos las armas de su martirio: el arco y las flechas. Esta imagen del santo es la que encontramos habitualmente en el gótico catalán, especialmente durante el estilo internacional, en que los artistas se recrearán con la ropa y los complementos del santo con todo lujo de detalles. San Sebastián de Ferrer llama la atención, por un lado, por la pieza superior que lleva, una especie de chaqueta corta muy ajustada que cubría el cuerpo por debajo la cintura y estaba decorada con unos repuntes que se llenaban con tela de algodón o seda. Este relleno hinchaba la prenda de ropa por la banda del pecho y los brazos, modelando y marcando la anatomía masculina. También llaman mucho la atención los extravagantes zuecos que lleva el santo para no tropezarse con las largas polainas que lleva dentro de las medias, de un color rojo chillón.
La imagen gótica de san Sebastián, vestido de manera lujosa como un auténtico caballero medieval, contrasta con las representaciones del santo que se popularizaron a partir del Renacimiento, donde su figura servirá de excusa para exhibir la anatomía masculina y habitualmente será mostrado prácticamente desnudo, solo cubierto por la ropa interior.
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Martí Casas i Payàs (@tinet2puntzero)